de otros viajes

8 mayo, 2007

Pequeña Miss Sunshine es una película sorprendente, una especie de hija bastarda habida entre una road-movie y un mal viaje al estilo Quadrophenia, a la que un hada Disney acaba bendiciendo -o no tanto-. Decía Robert Graves -no fue el primero ni el único- que todas las historia habidas y por haber hablan de los dos únicos temas que realmente interesan a la humanidad; el amor y la muerte -eros y tánatos- y que la mejor manera de contar estas historias es a través de un viaje. Nos queda el consuelo de que el genial poeta y narrador que descansa en Deià, nos dejó antes de poder comprobar como la grandeza humano se las ha ingeniado (?) para no contar nada a lo largo de cientos de páginas, miles de minutos o millones de metros de película. No es el caso. Aquí tenemos de todo; viajes, amor y ausencia.

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La historia en cuestión es tan simple como rica en matices; un concurso de misses infantiles -preadolescentes he leído en algún lugar (?)- , un viaje que fluctúa entre lo alocado, lo patético y lo cómico y un desenlace demoledor. A lo largo de todo este viaje -camino, historia, descubrimiento, experiencia, etc.- la música también recorre su propia trayectoria. Así, lo que en principio puede parecer un “simple” acompañamiento sonoro -atípico, multinstrumental, popular y fronterizo como la propia película- acaba adquiriendo el rango de papel protagonista alrededor del cual se ha articulado secretamente la historia. Curiosamente este punto -el climax- corresponde al momento, musicalmente, más pobre, estandarizado y, a posteriori, previsible, acrecentando así la pasmosa ridiculez del leitmotiv -la elección de las misses infantiles- de la obra.

En lo estrictamente musical, aparte de las piezas del desenlace -“Catwalkin” y “Superfreak”-, el resto de la banda se mueve con una asombrosa soltura entre las peculiaridades de sus principales responsables; el compositor Mychael Danna -autor también de las bandas sonoras de Truman Capote, La feria de las vanidades, Conociendo a Julia, etc.-, la banda indie-folk norteamericana DeVotchka y el cantautor Sufjan Stevens. El sonido en su conjunto resulta tan homogéneo como sorprendente; músicas que combinan la introspección -el mirar hacia dentro- con los sonidos más viajeros y fronterizos -allí donde acaba el yo y empieza el otro- en una fusión perfectamente dirigida tanto por los inusuales instrumentos empleados -tubas, cellos, trompetas, acordeones, etc.- como por las delicadas voces -y coros- que ilustran varios de los temas.

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Es esta una banda sonora circular, metafórica, como lo es la historia de un viaje que finaliza en el mismo lugar que comenzó, aunque todo haya cambiado. El tema que abre la obra se repite al final poseído por el espíritu de todo lo visto -y escuchado-. Lo visto -el camino, el paisaje recorrido, el tiempo pasado- no corresponde a lo que la música parece sugerir, ya que ésta apela más al sentido del viaje que al viaje en sí. Y este sentido aparece plagado de raíces fronterizas -latinas, en la acepción norteamericana del término-, símbolo de lo exótico, lo diferente, y tal vez de lo salvaje -tierras, circunstancias, hombres-. Toda una lección.

En definitiva, una banda sonora tan aparentemente simple como realmente rica y tan llena de buenas ideas como de buena música. Que ustedes la disfruten.

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Y, por supuesto, si alguien aún no ha visto la película este puede ser un buen momento.

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