del renacimiento

5 diciembre, 2007

Vaya por adelantado que escribir un comentario acerca de este trabajo, por lo general tan admirado por lo seguidores del intérprete como denostado por los conocedores de la obra, me ha resultado una tarea realmente complicada, ya que las interpretaciones que de él hacen ambas partes son plenamente convincentes -o no-. De hecho, en tras una primera escucha, el álbum quedó apartado hasta que, casualmente, hace unos días tuve la oportunidad de escucharlo con mayor detenimiento y, tal vez, con otro estado de ánimo.

El trabajo en cuestión lleva por título “Songs from the labyrinth” y está firmado por Sting -Gordon Sumner- [+] y en él, el camaleónico cofundador de The Police, actor eventual, músico de jazz, prolijo activista y, últimamente, cantante de ópera y budista eventual, recrea una docena larga de canciones escritas por el compositor e intérprete renacentista inglés John Dowland (1563-1626) [+] acompañado por el laudista bosnio Edin Karamazov [+]. La obra se completa con un cuarteto de piezas instrumentales y una serie de lecturas a modo de recitativo.

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Son precisamente estas lecturas las que ejercen de presentación de la obra, el autor y su momento. A través de los extractos de la carta escrita al consejero real Sir Robert Cecil en 1595, se nos presenta la tristeza, el desencanto y la profunda melancolía del autor, rechazado por su conversión juvenil al catolicismo -no olvidemos que estamos en la antipapista Inglaterra Isabelina- y su exilio involuntario al continente -fue acusado de traición-. Coincide esta fecha con la de publicación de su primera obra “The first booke of songes or ayres” obra que revolucionó el panorama musical y que llegó a convertirse en libro musical más editado -e imitado- de su tiempo.

Así, tras varios intentos por regresar definitivamente a Inglaterra -y por obtener un puesto de músico en la corte del nuevo rey Jacobo I publica en 1604 la que sería su obra más conocida “Lachrimæ or Seaven Teares, figured in seaven passionate pavans, with divers others pavans, gagliards and almands, set forth the lute, viols or violins in five parts, dedicada a la esposa del nuevo rey Ana de Dinamarca en un enésimo intento por alcanzar su doble objetivo de aceptación y remuneración. A pesar de todo ello -maestría compositiva e interpretiva, reconocimiento general y sumisión- no sería incluido entre los músicos de la corte hasta 1612, fecha a partir de la cual, curiosamente, no compondría ninguna pieza nueva.

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El carácter del autor, variable entre la arrogancia eufórica y la depresión determinista unido al sentido melancólico acorde a los gustos estéticos de la época, se refleja en la belleza sutil, a veces dolorosamente hermosa, de sus composiciones tanto vocales como instrumentales. No en vano fue el propio autor quien compuso una pieza titulada “Semper Dowland, semper dolens” -siempre Dowland, siempre sufriente-.

Llegados a este punto, la pregunta del millón podría ser ¿bien, y qué pinta Sting aquí?. Y la respuesta puede variar, según sus propias declaraciones, entre la admiración que siente desde hace unos años por el personaje, su romance con el laud -lo tañe como acompañamiento a los recitativos- y su percepción propia -o autoproclamación- como, a imagen de Dowland, “juglar viajero” -¿y por qué no?-.

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La siguiente cuestión acerca del trabajo hace referencia a lo que éste aporta. Sobre esta cuestión y tras meditarlo detenidamente, creo que lo mejor es oponer los pros y los contras, ya que es obvio que cualquiera de las grabaciones “clásicas” de la obra -alguna protagonizadas por el mismo Edin Karamazov- son, seguramente, más fieles al sonido del autor. Así, al espíritu un tanto “naif” de la interpretación podemos oponer la frescura que aporta, lejos de corsés excesivamente academicistas. O, al excesivo protagonismo del cantante su incuestionable valor divulgador -y también vulgarizante- y frente al sonido un tanto obsesivo por su proximidad, la cristalina claridad de las secciones menos vocales… en cualquier caso y en mi opinión, la sola posibilidad de que temas de una tan irrefutable belleza como “Flow my tears”, “In darkness let me dwell”, “Come again” o “Walsingham” sean descubiertos -divulgados- deja al margen cualquier otro debate.

En definitiva, una más que correcta aproximación a la obra -y por extensión, la época y a su música- de John Dowland, recomendable para mentes abiertas tanto desde el conocimiento como la ignorancia de este autor, olvidado durante demasiados siglos. Que ustedes lo disfruten.

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