de nuevos y viejos

29 febrero, 2008

Puede resultar difícil de entender cómo un disco de pop de apariencia más o menos convencional, con pocos aportes novedosos, cuya espera se ha prolongado casi tres años y que, además, rompe con las últimas líneas estilísticas marcadas por sus integrantes resulte de un solo golpe innovador, original, sorprendente y, en definitiva, tan imprescindible como la visión del horizonte -o los horizontes- tras una sofocante claustrofobia.  

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Los viajes son la mejor escuela. Y esto es lo que le ha ocurrido a Golfrapp a lo largo de su carrera. Cada trabajo es diferente, cada etapa, un descubrimiento. Cada estilo lo hacen propio moldeándolo y adaptándolo a su imagen y sus capacidades -la música sutil, los arreglos entre delicados y exuberantes, la voz de Alison deliciosa y sugerente…-. Y ahora, tras un nuevo doble salto mortal, nos invitan a su renovado paraíso musical, tan cercano en el tiempo, tan conocido, tan previsible, que parece como si siempre hubiéramos vivido en él. Y, sin embargo, la senda es nueva, como nuevos son los paisajes, los personajes y los sonidos. ¿Qué ha cambiado para que todo sea nuevo y conocido a la vez?. Los anfitriones. Bienvenidos a los paisajes del folk, la psicodelía, el pop inicial, la electrónica sutil de la mano de este par de magos musicales que son Alison Goldfrapp y Will Gregory.

El séptimo árbol -Seventh tree- parece más bien traído desde el séptimo cielo del recuerdo y se desgrana en 10 deliciosas ramas que abarcan desde las baladas folkies más íntimas -“Clowns o “Eat yorself” a los sonidos lisérgicos más hipnotizantes “Little bird”, las marchas antimilitares favoritas del Sargento Pimienta “Happiness”, las sutilezas electroacústicas “Road to somewhere”, los crescendos gloriosos “Some people”, el pop-folk más engañosamente simple del primer single “A&E”, los ritmos entre “chics” y sincopados a la “Philadelphia sound” “Cologne Cerrone Houdini”, la subyugante explosión de arrebatadora jovialidad -“Caravan girl” o el auto-homenaje que cierra el trabajo en un círculo perfecto de lo nuevo-viejo “Monster love”

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En resumen, 10 memorables temas para un trabajo que puede ser el mejor escaparate de la música de los 60’s y 70’s hecho hoy en día. Como escribió Lampedusa “es necesario que todo cambie para que todo siga igual”. Cierto, todo a cambiado y casi todo sigue igual; los sonidos son similares, pero nuestra percepción sobre ellos ya no será la misma. Que ustedes lo disfruten.

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Una breve recomendación sobre un también bello, breve, diverso y emocionante disco venido desde el lado griego de la partida Chipre; OHE de Vakia Stavrou. Muy poco puedo comentar sobre la intérprete; chipriota, bellísima -como no podía ser menos habiendo nacido en la misma isla que Afrodita [+]– y dotada de una voz capaz de afrontar los diversos estilos que componen este su único -tengo entendido- trabajo en solitario. Es habitual colaboradora del compositor Giorgos Andreou y ha participado también en varias recopilaciones de carácter más o menos lúdico-veraniego-turístico.

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Petra tou Romiou: la roca donde nació Afrodita

Bastante más rico, a pesar de su brevedad -lo bueno si breve, ya se sabe-, es el trabajo que nos presenta; 5 temas y 5 estilos que varían desde la marcialidad de canción de autor y barricada que abre y titula el disco -O.H.E. (clandestino)- al arrebato romántico, lleno de saudade y cantado en portugués que lo cierra -Sozinha-. Y entre estos dos extremos, una sugerente balada electrónica a medio tiempo y “a la griega” -como ya comentábamos cuando hablábamos de Elly Paspala [+]“Kryfa to kormi”, un ligerito tema de pop -“Thelo na’nai nyhta”- camuflado tras una potente sección rítmica y unos poderosos riffs guitarrereros un tanto, digamos, inesperados y un delicioso tema pop-folk -“Sti vrohi orkistika”- que sirve de “refrigerador” ante la soberbia pieza que uniendo los dos extremos -metafóricos- del Mediterráneo, cierra este trabajo.

En resumen, un interesante, refrescante y salino trabajo, recomendado para días o noches de sol o de sombra sombra, pero siempre junto al mar. Que ustedes lo disfruten.

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Desgraciadamente, este fantástico trabajo no está disponible ni en el iTunes Music Store ni en Amazon.com

Y el que cambia de mar por unos días, dejando el misterioso y profundo Cantábrico por el luminoso Atlántico sur, es este su seguro servidor. Intentaré aprovechar estos días para poner definitivamente mi biblioteca en condiciones y, tal vez, traeros alguna novedad. Cuidaos y cuidado ahí fuera, los puntos es lo mínimo que se puede perder.

Realmente resulta sorprendente. Uno puede adormilarse plácida y acomodaticiamente divagando sobre el contenido y el sentido profundo de un trío de Brahms y, de pronto, sentirse cautivado por algo que, como un destello -poco más de veinte segundos- acaba de proyectarse en la caja-boba-reina-catódica-de-nuestros-hogares. Y no es -ni será- ni la primera ni la última vez que esto ocurra. Después de tantos años uno ha aprendido que la única certeza musical es la capacidad de sorprender y, al mismo tiempo, de ser sorprendido. Colofón; nada más placentero que dejarse llevar.

Y, después de unas semanas de intenso trabajo y agradecida recuperación de temas perdidos -algunos casi olvidados-, nada mejor que romper y reiniciar. Una nueva catarsis para los nacidos a mediados del XX y apegados a sus vicios, herencias y sonidos. Esto no es nada nuevo, simplemente una estación más, como tantas otras, perdida en el tiempo y la distancia. Una estación -de nuevo una más- con nombre de mujer, con aspecto latino -del lazio- y aire atemorizador y, como decía uno de nuestros contertulios, otra “hembra alfa”; dominadora y tan posesiva como certera. Todo lo que deseamos y esperamos en nuestros momentos más inútiles; los más.

No estoy soñando y, si sueño, éste tiene un nombre; Gianna Nannini [+]. Nacida en Siena hace 50 años, esta cantautora italiana ha pasado, en nuestro país, del cero al infinito, gracias a un motor de explosión. Una estética del deseo, la pasión y el arte de la tecnología en el que lo menos importante -o lo más claramente intrascendente- es la “machina”, si bien hemos de reconocerle -a ella o a sus voceros/publicistas/comunicadores/etc.- este pequeño, esperanzador y brillante descubrimiento. Uno es lo que se cree ser hasta que los demás le demuestran lo equivocado que está y están.

“Perle” es, de nuevo, un recopilatorio de reinterpretaciones, casi un “unpluged”, en el que la artista repasa algunos de sus temas más exitosos acompañada, esta vez, de un par de pianos y un cuarteto de cuerda -Solis String Quartet-. Y como buen recopilatorio repasa a ritmo de balada, de aria “acompagnata”, de canción-protesta -algunos temas tienen más de 25 años-, de tango y de pop alterado de los 80 parte de los más brillantes éxitos de la autora -Oh marinaio, I maschi, Latin Lover-. Pero es, sobre todo, un redescubrimiento de lo ya conocido, ahora en otro tono, otro idioma y otra dimensión. Como decía quién lo decía “nada nuevo, ni falta que hace”. A veces, no está de más recordar -o que nos recuerden- que hay “un mare bellissimo”, un “bacio lentissimo” o una -o varias- “meravigliosa creatura”.

Piacere fino alla fine. Que ustedes lo disfruten.

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Una vez más he de pedir disculpas; entre el achuchón laboral y el trabajo “reorganizativo” de los discos que me habéis hecho llegar -gracias de nuevo Macnolo, Ximet, Zaralonio– para paliar el desastre del disco fenecido, he dejado esta tribuna un tanto abandonada. Espero y prometo -en la medida de lo posible- enmendarme. Gracias de nuevo y cuidaos.

de otros viajes

8 mayo, 2007

Pequeña Miss Sunshine es una película sorprendente, una especie de hija bastarda habida entre una road-movie y un mal viaje al estilo Quadrophenia, a la que un hada Disney acaba bendiciendo -o no tanto-. Decía Robert Graves -no fue el primero ni el único- que todas las historia habidas y por haber hablan de los dos únicos temas que realmente interesan a la humanidad; el amor y la muerte -eros y tánatos- y que la mejor manera de contar estas historias es a través de un viaje. Nos queda el consuelo de que el genial poeta y narrador que descansa en Deià, nos dejó antes de poder comprobar como la grandeza humano se las ha ingeniado (?) para no contar nada a lo largo de cientos de páginas, miles de minutos o millones de metros de película. No es el caso. Aquí tenemos de todo; viajes, amor y ausencia.

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La historia en cuestión es tan simple como rica en matices; un concurso de misses infantiles -preadolescentes he leído en algún lugar (?)- , un viaje que fluctúa entre lo alocado, lo patético y lo cómico y un desenlace demoledor. A lo largo de todo este viaje -camino, historia, descubrimiento, experiencia, etc.- la música también recorre su propia trayectoria. Así, lo que en principio puede parecer un “simple” acompañamiento sonoro -atípico, multinstrumental, popular y fronterizo como la propia película- acaba adquiriendo el rango de papel protagonista alrededor del cual se ha articulado secretamente la historia. Curiosamente este punto -el climax- corresponde al momento, musicalmente, más pobre, estandarizado y, a posteriori, previsible, acrecentando así la pasmosa ridiculez del leitmotiv -la elección de las misses infantiles- de la obra.

En lo estrictamente musical, aparte de las piezas del desenlace -“Catwalkin” y “Superfreak”-, el resto de la banda se mueve con una asombrosa soltura entre las peculiaridades de sus principales responsables; el compositor Mychael Danna -autor también de las bandas sonoras de Truman Capote, La feria de las vanidades, Conociendo a Julia, etc.-, la banda indie-folk norteamericana DeVotchka y el cantautor Sufjan Stevens. El sonido en su conjunto resulta tan homogéneo como sorprendente; músicas que combinan la introspección -el mirar hacia dentro- con los sonidos más viajeros y fronterizos -allí donde acaba el yo y empieza el otro- en una fusión perfectamente dirigida tanto por los inusuales instrumentos empleados -tubas, cellos, trompetas, acordeones, etc.- como por las delicadas voces -y coros- que ilustran varios de los temas.

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Es esta una banda sonora circular, metafórica, como lo es la historia de un viaje que finaliza en el mismo lugar que comenzó, aunque todo haya cambiado. El tema que abre la obra se repite al final poseído por el espíritu de todo lo visto -y escuchado-. Lo visto -el camino, el paisaje recorrido, el tiempo pasado- no corresponde a lo que la música parece sugerir, ya que ésta apela más al sentido del viaje que al viaje en sí. Y este sentido aparece plagado de raíces fronterizas -latinas, en la acepción norteamericana del término-, símbolo de lo exótico, lo diferente, y tal vez de lo salvaje -tierras, circunstancias, hombres-. Toda una lección.

En definitiva, una banda sonora tan aparentemente simple como realmente rica y tan llena de buenas ideas como de buena música. Que ustedes la disfruten.

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Y, por supuesto, si alguien aún no ha visto la película este puede ser un buen momento.

de retornos

27 marzo, 2007

Cinco años más tarde y ahora convertida en madre amantísima, una de las diosas de la modernidad -y cada cual cuente las que quiera- nos vuelve a permitir contemplar, escuchar y disfrutar de esa parte única e irrepetible de si misma que ya echábamos en falta.

Y, tras este -excesivo- paréntesis, podría parecer mentira pero nada de lo bueno ha cambiado, lo poco criticable ha pasado a ser entrañable y las no excesivas novedades se diluyen ante la personalidad y el -ahora ya sí- estilo inconfundible de quien fue, al menos, el 50% de “Everithing but the girl” -EBTG-.

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Dicen, quienes gustan de la historia, que este segundo trabajo en solitario de Tracey Thorn es claramente superior al tan encantador como lejano “A distant shore”. Para mi, los 25 años que separan uno y otro no permiten demasiadas comparaciones. Tal vez, si habláramos de la historia del personaje, del grupo, o de la música popular a caballo entre finales del XX y principios del XXI, podríamos establecer un cierto paralelismo; el mismo que tiene un prefacio con un epílogo. Un epílogo que pudiera ser un preámbulo para un nuevo capítulo o una nueva historia. En cualquier caso, un punto y aparte que contempla todas la letras y espacios, palabra y frases, párrafos y páginas escritas anteriormente. Todo es nuevo, pero no novedoso.

Hablar de Tracey Thorn es hablar de calidad, de elegancia y de estilo aplicados a músicas y ritmos tan dispares como el folk, jazz, musical, club o la electrónica en general. Y es, también, hablar de bandas tan trascendentes como la ya citada EBTG o Massive Attack, The Style Council, The Go-Betweens, Working Week o Lloyd Cole and the Commotions. No es este un mal bagaje para reiniciar una carrera en solitario tras el definitivo cierre de su sociedad con el otro “al menos 50%” de EBTG; Ben Watt.

Han transcurrido más de 25 años desde la edición de su primer álbum y tras este largo -y a veces complejo- periplo musical y vital hoy nos encontramos frente a “Out of the woods”, el trabajo que hoy ocupa este comentario. Once temas resplandecientes que alternan los ritmos bailables con baladas, pero siempre bajo el característico toque personal y el intimismo de la autora e intérprete.

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Tracey Thorn & Ben Watt en la última época de “Everything but the girl”

El álbum se abre con un par de espléndidas baladas –“Here it comes again” y “A/Z”– que alternan los susurros y los arreglos de cuerda con la electrónica a “mezzo tempo”. El corte siguiente –“It’s all true”– ha sido seleccionado como primer single y evoca los sonidos más bailables de la etapa de EBTG en un ambiente claramente retro-dancing. “Get around to it”, el siguiente corte, comienza a mostrar las “nuevas” -por novedosas- tendencias o preferencias de la artista; un poco más de “setenteo”, claras reminiscencias funky-soul y guiños a los más sofisticados de los sonidos a lo Roxy Music. Nuevo corte y nuevo cambio de ritmo con “Hands up to the ceiling“, una balada de aires post folk en la que el potencial vocal de Tracey queda una vez más demostrado. “Easy” es uno de mis cortes preferidos; voz, teclados, ambiente, ritmos sincopados y mucha intencionalidad; una especie de homenaje a Massive Attack. Nuevo cambio de ritmo en un claro descenso a través de “Falling off a log“, otro tema en mezzo tempo de aire claramente menos obsesivo, y “Nowhere near”, otra indescriptible balada que recuerda algunos trabajos británicos de finales de los 70 -una vez más-.

El álbum se cierra con el terceto “Grand Canyon”, el corte que más recuerda a la etapa “club” de EBTG, “By Picadilly Station I sat down and wept” una agradable, fácil y optimista balada y, por último, “Raise The Roof” un híbrido entre la voz Annie Lennox de Eurythmics -es realmente sorprendente cómo puede llegar a parecerse- y el inicio “Radio Ga-Ga” de Queen. A mi entender el único corte realmente prescindible de lo que, por lo demás, es un espléndido trabajo. Bienvenida de nuevo, Tracey, y que ustedes lo disfruten.

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Obviamente, el retorno no es sólo el de Tracey Thorn. Tras unas semanas de intensa actividad laboral he conseguido hacer un pequeño hueco para dedicarlo a comentar una de las novedades más esperadas y agradables de los últimos tiempos. Espero, en breve, poder normalizar la frecuencia de mis colaboraciones y mientras tanto no me queda si no agradeceros vuestra paciencia. Cuidaos.

rumbo al sur

16 febrero, 2007

Como era de esperar, la “sobredosis” de voces y sonidos llegados desde el frío norte -gracias una vez más Macnolo- no han podido por menos que acabar con la escasa resistencia gripal de este su seguro servidor. Así que, tras casi una semana de febril contemplación del paso del tiempo, de los paquetes de cápsulas multicolores, de algunas infusiones y de diversos caldos de origen tanto animal como vegetal, aquí me reencuentro, casi de una pieza y dispuesto, una vez más, a dar el golpe de timón que nos aleje del frío y nos sumerja en las cálidas y acogedoras aguas del mediterráneo -siempre al sur, siempre al oeste-.

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El trabajo que hoy va a ocupar mi comentario es uno de esos discos difíciles de encontrar y clasificar pero de una belleza tan simple como arrebatadora. Una voz más versada en el sentimiento que en la técnica, unos arreglos justitos, en los que la electrónica “a la griega” -resulta sorprendente cómo se pueden reconocer o, al menos, intuir a maestros como Vangelis, Yanni, etc.- acompaña sin cubrir ni mostrar nada no pretendido, unas percusiones moderadas en su exotismo y, sobre todo, mucha acústica. Todo muy acorde, muy reflexivo, muy moderado y, al mismo tiempo, muy personal. Único. Como una rama de tomillo en una fuente de olivas.

La responsable de esta delicia es Elly Paspala, una griega nacida en Nueva York, que regresa a la tierra de sus antepasados y nos obsequia con esta fantástica colección de canciones recopilada bajo inquietante título “Σε ποιό θέο να πιστέψω” -Se poio Théo na pistepso / En qué dios creer-. El álbum comienza con dos poderosas baladas acústicas –“Akrogialia” y “Zo edo”– que marcan la línea positiva que va a ofrecernos el trabajo. Continuamos con el tema que da título al álbum “Se poio Théo na pistepso”, otra balada pero esta vez balanceada por los ritmos electrónicos y su especial y enigmático encanto. Los dos cortes siguientes son los más sencillos -los más pop- “Tetragoni gi” y, sobre todo “Laberes stigmes”, una especie de single para tararear en cualquier playa -o chiringuito especializado en guiris- del Egeo. Afortunadamente, una vez superado este punto, el sonido y la composición vuelven hacia lo que nos sugería el inicio del trabajo; intimismo, sentimiento y contención.

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Muchas veces me he preguntado si la afinidad que encontramos con la música griega se basa exclusivamente en la similitud fonética entre nuestros dos idiomas o si hay algo más. Obviamente debe de haberlo, tal vez el tono, las similitudes históricas, el arrinconamiento geográfico -cada uno en su esquina-, o, simplemente, que los sueños siempre acaban paseando al sol. En cualquier caso, este es un buen -excelente- motivo más para soñar. Que ustedes lo disfruten.

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Desgraciadamente, este fantástico trabajo no está disponible ni en el iTunes Music Store ni en Amazon.com