September

25 septiembre, 2008

El jardín se entristece, fría cae sobre las flores la lluvia. El verano asiste silenciosamente a la llegada de su fin. // Una tras otra, van cayendo las doradas hojas de la alta acacia. El verano sonríe, entre sorprendido y fatigado, en el moribundo sueño del jardín. // Largo tiempo permanece él todavía junto a las rosas, quieto, anhelando el reposo; lentamente va cerrando sus ojos fatigados.

Der Garten trauert, / kühl sinkt in die Blumen der Regen. / Der Sommer schauert / still seinem Ende entgegen. // Golden tropft Blatt um Blatt / nieder vom hohen Akazienbaum. / Sommer lächelt erstaunt und matt/ in den sterbenden Gartentraum. // Lange noch bei den Rosen / bleibt er stehen, sehnt sich nach Ruh. / Langsam tut er die großen / müdgewordnen Augen zu.

Richard Georg Strauss, “September” ( 1948 ) [WoO150/Nº2] parte de “Vier letzte Lieder” sobre un texto de Hermann Hesse. [Traducciones de Abel Alamillo Fernández]

Septiembre es época de retornos, de obligados silencios posvacacionales, de cambios climáticos y humorísticos y de todo un sinfín pequeños inconvenientes y grandes promesas que, la mayoría de las veces no pasan de ahí; por fortuna unos, desgraciadamente los otros. Así pues, pido perdón y la palabra.

Celebremos este mes de septiembre en el que se cumplen 60 años de esta asombrosa maravilla crepuscular, una de las últimas obras que Richard Strauss [+], aquel gran maestro “antiguo”, nos dejó antes de partir rumbo a su irresoluble invierno.

“September“, la pieza, forma parte de de sus “Vier letzte Lieder” -Cuatro últimas canciones- [+]. En estas cuatro piezas, concebidas de modo unitario aunque tal vez en un orden distinto al que se presentan habitualmente, el octogenario “último gran clásico” nos propone, de un modo sosegado, consciente, asumido y, sobre todo, bellísimo, un acercamiento al inevitable final del camino. Y este camino se inicia con una esperanzada primavera de promesas y potencialidades -“Frühling”, (Primavera), seguida de un septiembre dulce como la vendimia -“September”-, un anhelante cavilar -quizá esperanzado- ante lo inevitable -“Beim Schlafengehen”, (Al irse a dormir) y finaliza con una inquietante llama que se apaga -“Im Abendrot”, (En el crepúsculo).

Cada una de las etapas, a pesar de su claridad conceptual y equilibro emocional, contiene sus propias preguntas y, mientras la tres primeras de ellas -basadas en textos de Hermann Hesse [+] son preguntas musicales -una cuerda pulsada como última nota, un viento tan grave como lejano sobresaliendo sobre una finísima, casi transparente, capa de cuerdas o el fraseo de un solitario violín que retomará la cantante- es la última de ellas -basada en un texto de Josef von Eichendorff [+] la que finaliza con la gran pregunta:

…// ¡Oh, amplia y silenciosa paz, tan profunda en el crepúsculo! ¡Qué cansados estamos de caminar! ¿Será  esto acaso la muerte?

… // O weiter, stiller Friede! / So tief im Abendrot, / Wie sind wir wandermüde – / Ist dies etwa der Tod?

Richard Strauss en 1918

Nunca el final fue más hermosamente descrito, cantado ni tan sencillamente aceptado. Así pues, no voy a extenderme más sobre el particular y paso directamente a recomendaros mis dos versiones favoritas de la obra la cual, obviamente, tiene docenas de grabaciones. Al ser un conjunto de cuatro canciones que apenas abarca más allá de los 20-25 minutos siempre se presentan acompañadas de otras piezas que os presento, junto a mi selección, muy brevemente.

Mi primera recomendación es, como suele ser habitual, para la versión a través de la que conocí la obra; Elisabeth Schwarzkopf [+] junto a George Szell [+] y la Radio-Symphonic-Orchester Berlin. Una versión tan íntima como arriesgada para la dulcísima voz de esta gran dama, sutilmente arropada por el gran -y férreo- director, alumno aventajado y gran conocedor y difusor de la obra de Richard Strauss. Como “bonus”, el disco -recientemente reeditado, al igual que mi otra recomendación, por su sello como uno de los grandes trabajos del siglo XX- nos propone sus “12 Orchestral Songs”, otro bellísimo conjunto de lieder orquestados.

Mi segunda opción corresponde a la grabada por Gundula Janowitz [+] junto a Herbert von Karajan [+] y la Berlin Philharmonic Orchestra, mucho más pasional y energética pero de una belleza, brillo y precisión indudables. Esta vez la obra se acompaña de otros dos auténticos platos fuertes del compositor; “Tod und Verklärung”, (Muerte y transfiguración), y de “Metamorphosen”, (Metamorfosis), muchas veces considerada como la última gran obra de la música “clásica”.

Afortunadamente, la belleza está más allá de las etiquetas. Que ustedes lo disfruten.

 

     

                          

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mirando al este

18 enero, 2008

Creo recordar que descubrí al compositor polaco Wojciech Kilar [+] contemplando -o, en mi caso, disfrutando- la espléndida película “Retrato de una dama” de Jane Campion [+] basada en la obra homónima de Henry James [+]. Y es curioso, porque para entonces, el compositor ya había visitado occidente y su cine en unas cuantas memorables ocasiones como pueden ser el “Drácula de Bram Stoker” -dirigida por Francis Ford Coppola o “La muerte y la doncella” de Roman Polanski.

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Lo cierto es que Wojciech Kilar (1932) además de un prolífico y reputado compositor de bandas sonoras -lleva compuestas unas 40-, formó parte de la vanguardia musical polaca que, junto a Krzysztof Penderecki [+] y Henryk Górecki [+], influyó en el panorama musical europeo, explorando un cierto neo-romanticismo tonal apoyado tanto en el minimalismo como en la sonoridad plena. En los últimos años, además de presentar su “Missa pro pace” -curiosa la relación entre los compositores polacos y la iglesia- ha compuesto y colaborado en bandas sonoras como “El pianista”, “El show de Truman” o “Pan Tadeusz”.

Ante tal cantidad -y diversidad- de músicas, su compañía discográfica editó en el año 2000 un trabajo recopilatorio de ambas facetas del autor -clásica y bandas sonoras- que puede ser un excelente punto de partida para el conocimiento del artista y su obra. Bajo el “original” título de “The best” y a través de dos cedés -uno dedicado a cada estilo, si es que la diferencia realmente existe- podemos recorrer la parte más reconocible de la obra de Kilar. Así, el primero de ellos, está dedicado a la “música seria” e incluye 4 temas grabados en directo que, como breves retratos -algunos no tanto-, nos proponen un paseo por el minimalismo -“Orawa”-, el brillo tonal más pleno -“Krzesany”-, la música descriptiva de ambiente oriental “Exodus”, todo un viaje a un caravansaray- o la música coral y religiosa del siglo XXI “Victoria”, parte de su “Missa pro pace”-.

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John Malkovich y Barbara Hershey en “Retrato de una Dama” de Jane Campion

El segundo cedé está dedicado a las bandas sonoras y, a pesar de abrirse con un tema vocal de claras reminiscencias “Moriconianas” continúa por un sendero que fluctúa entre la introspección –“Smuga cienia”-, los aires bailables -los valses de Tredowata”, Bilans kwartalny” o “Ziemia obiecana”, las marchas militares “Kronika wypadkow milosnych” o la espectacular polonesa “Polonez”, el romanticismo “Witek i Alina” o “Epilog”, los temas descriptivos -“Vampire Hunters”- el tango, devoción compartida con su compatriota Zbigniew Preisner [+] -“Tango”- o el pop “Szepty i lzy” interpretado por Anna Maria Jopek.

En resumen, un recorrido tan variado como interesante y un gran trabajo para iniciarse en el universo musical de Kilar en el que, si bien se pueden echar en falta algunos temas fundamentales, el panorama es -casi- completo y muy atractivo. Que ustedes lo disfruten.

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de los 70 en Uganda

12 julio, 2007

Vamos a acabar este repaso de algunas bandas sonoras -y similares- que comenzamos hace un par de meses con un alucinante viaje por el sur de los Estados Unidos y que nos ha llevado desde París a Minsk y desde Coyoacán a Roma pasando por Polonia o Lituania. Y lo vamos a cerrar -momentáneamente- con una pequeña y, en cierto modo, aterradora excursión a la Uganda de Idi Amín Dadá[+].

“El último Rey de Escocia” -The last king of Scotland- [+] es una fantasía cruel sobre el pequeño paso que dista entre la admiración ciega y la repulsión total que disfruta, oculta y finalmente sufre un joven médico escocés tras conocer al dictador Amín, una de las caras más monstruosamente humanas -y, por ello, más terribles- de las últimas hornadas de dictadores genocidas africanos -o mundiales-. En el centro de este huracán de transformaciones, donde lo aparentemente bueno se hace malo y la inocencia es complice cabe destacar la soberbia interpretación de Forest Whitaker -Óscar y globo de oro por esta interpretación- tan próximo y humano como cruel y amenazador.

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En lo estrictamente musical, es esta una banda sonora “de canciones” en las que el compositor y director musical, Alex Heffes, aporta “el pegamento” de unión, tanto entre la historia y la música, como entre los distintos estilos de ésta. Y los estilos son variados, como indecisos fueron los años 70. Así nos encontramos con piezas de blues primigenio -“Toko”-, ritmos bailables de puro etno-beat -“Nakawunde” o “Kasongo”-, puro funky -“Fever”- o los sorprendentes covers de “Me and Bobby Mcgee” -simplemente genial- o la demencial versión a la centroafricana del tradicional “The Bonnie Banks o’Loch Lomond” escocés -alucinógeno-.

Entre todo ello y ejerciendo, como decíamos, de pegamento, los paisajes musicales de Alex Heffes nos sumergen en la historia a través de cortes profundamente dramáticos -“Getting the evil of Nicolas”-, humanizadores -“Idi’s story”- o amargamente des-esperanzadores -“Down over Lake Victoria”-. En definitiva, un espléndido viaje musical y cinematográfico para una aterradora historia. Que ustedes la disfruten.

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Y, una vez más, y a pesar de la disparidad de criticos y críticas sobre la película invito a verla quienes no hayan tenido la oportunidad de hacerlo. Es como mínimo, interesante y, habida cuenta lo que circula por nuestras pantallas preveraniegas, esto ya es mucho.

Tiene que ser difícil aceptar el encargo de componer una banda sonora para una obra que ha visto reducido su medio -televisión- y su formato -serie-. Y debe de serlo aun más cuando la obra -y su correspondiente BSO- son piezas de las consideradas maestras y universales en su distribución y reconocimiento. Para terminar, si la obra original supuso un premio Nobel para su autor –Borís Pasternak [+]-, 10 nominaciones a los Oscar de 1965 con 5 estatuillas para su adaptación cinematográfica –dirigida por David Lean [+]– y, además, una de ellas correspondía al autor de la BSO -nada menos que Maurice Jarre [+]– no caben muchas más dudas; estamos hablando de una tarea altamente arriesgada y del Doctor Zhivago.

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Supongo que todos hemos tenido la oportunidad de disfrutar -o sufrir, según el caso- con el triángulo -aunque es más bien un cuadrilátero bélico y político- protagonizada por el hierático Omar Shariff y las bellísimas Julie Christie y Geraldine Chaplin. Una historia de amor en tiempos de guerra y revolución que finaliza con uno de los más trágicos “casi-happy-ending” de la historia en el que los dos personajes principales vuelven a cruzarse de un modo imposible de resolver. Si a esto le añadimos la profesión de poeta del doctor y de los paisajes, las arribadas de los adictos y desadictos a los regímenes nuevos y por llegar, los trenes que pasan, la música y la nieve, el resultado es una lenta, envolvente, a veces exagerada como corresponde al “alma rusa”, grandísima historia.

Y, ¿cómo se compone una nueva banda sonora para esta gran, grave y compleja historia? Lo primero que hay que hacer es aparcar -sólo momentáneamente- la excelsa, apabullante y a veces edulcorada composición de Maurice Jarre. A continuación hay que saber limitarse al nuevo ámbito; nada de salas llenas de público, esto se escucha en la confortable intimidad de nuestros salones. Y, sobre todo, la nueva obra ha de ser diametralmente opuesta a todo lo conocido, algo mínimo, profundamente íntimo y lleno de sonoridades contemporáneas a través de instrumentos clásicos; pianos, cuerdas y voces. Todo esto, en Europa, se puede concentrar en un sólo nombre: Ludovico Einaudi [+].

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La verdad es que la obra sorprende por la contención de medios, la capacidad sugestiva, la tensión contenida y la brillantez del resultado; clarinetes rondando las desoladas estepas -“Evil days”-, intensos duetos de piano y violoncello para hablarnos de la tierra bajo nuestros pies -“The earth”-, dramáticos aires de adagio violentamente detenidos -“Still so early in the world”-, el brillo mínimo y cautivador del tema central -simplemente “Zhivago”-, el enamoradizo crescendo de “Love is a mystery”, la cantarina y animosa descripción de las blancas noches en los Urales -“White night”- o la perfectísima y adecuada inclusión de un tema de oratorio ortodoxo -“We praise thee” de Pavel Grigorievich Chesnokov [+]-. Pero, personalmente, de todo ello me quedo con las cuatro maravillosas inserciones vocales que decoran -humanizan quizá sea más correcto- el conjunto. Voces secas, de la tierra, curtidas, profundas, dolorosas, nostálgicas y rebeldes al mismo tiempo -“Kolechko” o la soberbia “Talking to you”-. Todo un hallazgo.

En definitiva, si difícil era la tarea, a la vista de los resultados no nos queda sino descubrirnos, aplaudir y disfrutar de esta grandísima obra que coloca a su autor entre lo mejorcito de la composición –e interpretación- que he tenido la ocasión de descubrir en los últimos tiempos. A partir de aquí será difícil volver a ver la obra de David Lean sin preguntarnos ¿y si la banda sonora fuera “la otra”?. Que ustedes lo disfruten.

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Dos agradecimientos públicos para cerrar este comentario; en primer lugar a tr3s por su contribución a la recuperación del fenecido disco -y algo más-. Y en segundo, pero no menos importante, a Zaralonio por confirmarme que hay mucho más Einaudi del que parece a simple vista. Como siempre, cuidaos.

del éter y el fuego

11 abril, 2007

Mi propuesta musical para esta semana va a ser una especie de juego sobre similitudes y diferencias en torno a un instrumento, el piano y sus variantes tanto compositivas como interpretativas. No pretendo ir más allá del descubrimiento, el disfrute y la admiración que producen todos y cada uno de los cortes contenidos en los dos trabajos que me voy a permitir recomendaros. Obviamente hay más, muchísimo más, tanto en la historia del instrumento como en la de sus compositores o intérpretes pero dejemos que, por hoy al menos, la música nos guíe, nos abra nuevas rutas o desbroce algunas olvidadas.

La primera de estas rutas -la personalmente más olvidada- nos lleva por el camino de la ensoñación melódica, la ligereza rítmica y, quizás, de la mística musical de los estados del alma. El aire, el éter y todo lo no coprpóreo. “Divenire” es un excelente trabajo recopilatorio del compositor e intérprete italiano Ludovico Einaudi. Es, también, una obra hallada bajo el ya obsoleto cartel de “New age”, es decir, en el cajón de sastre donde se amontona todo aquello que no es fácilmente catalogable ni muchas veces vendible.

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Poco importa cuando se tiene la oportunidad de disfrutar de un minimalismo sugerente como las gotas de lluvia en un cristal -“Monday”-, de recuerdos del tiempo a ritmo de metrónomo -“Andare”-, de ensoñaciones románticas perfumadas de nocturno -“Oltremare”-, de homenajes a grandes bandas sonoras -“Uno” o “L’origine Nascosta”-, de orquesta de cuerdas desatadas en un climax “à la vénétienne” -“Primavera”- o, también, de leves loops electrónicos que más parecen el eco del alma del artista sobre su propia obra que una base rítmica -“Ascolta”-. Estos son y así son algunos de los preciosos -y preciosistas- paisajes que podemos disfrutar desde lo más íntimo y sonoro de este trabajo. Una belleza tan arrebatadora como etérea. ¿Podrían sonar así los futuros clásicos del siglo XX ó XXI? Por qué no.

Y hablando de clásicos llegamos a la segunda parte de este comentario con el álbum “Credo” de la pianista francesa Hélène Grimaud (Marsella, 1969), otro trabajo recopilatorio pero esta vez de muy distinto calibre. Partiendo de obras de Beethoven (1770-1827), John Corigliano (1938) o Arvo Pärt (1935) la intérprete -y naturalista, experta y criadora de lobos- nos presenta una brillante parte de su fogoso espíritu a través de este simple pero concreto cuarteto de composiciones. Según sus propias palabras, “una parte de mi credo personal”. Y como tal, y a la la vista de los autores y piezas seleccionadas, resulta una declaración de intenciones tan heterogénea como afortunada.

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Como de afortunados podríamos calificar también al resultado de intercalar a Beethoven entre los dos compositores de nuestro siglo o crear un crescendo partiendo del piano solo -“Fantasia on an Ostinato for solo piano” en cuyas notas finales es fácil identificar el inicio del allegreto de la 7º sinfonía- y finalizando con coros y orquesta en el sublime e inclasificable “Credo” de Arvo Pärt que titula el trabajo. Curiosamente es éste el mismo recorrido que se produce en una de las piezas centrales -Fantasia in C minor- que podría ser un brillante resumen de todo el trabajo; mitad sonata, mitad sinfonía. Y, sobre todo, mucha pasión. Pasión reflexiva y contenida en los pasajes más lentos -Adagios de la sonata “la tempestad” o de la Fantasía coral- y desbordante, casi abrasadora, en los rápidos -el Allegretto de la sonata o el movimiento final de la Fantasía-. Y sobre todo ello, o más bien culminándolo, el Credo; una pieza que, como tantas otras, requiere de una escucha repetida y atenta y que nos propone una profesión de fe, por una vez, antes vital y pasional que trágica y sombría.

Hablábamos al inicio de similitudes y diferencias y obviamente las hay. Un compositor y una intérprete, piezas en solitario o acompañados, orquestas y electrónica, siglo XIX frente al XXI, etc. En cualquier caso y una vez más, el resumen es el mismo: nada mejor que poder disfrutar de ambas -y de todas las demás- sin ningún tipo de prejuicios ni predisposiciones. O en palabras de Hélène Grimaud: “L’obéissance aveugle à n’importe quelle idéologie, nation ou religion est mauvaise et destructrice” (La obediencia ciega a cualquier ideología, nación o religión es mala y destructiva). Que ustedes las disfruten.

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Para quienes estén interesados, Ludovico Einaudi actúa los próximos días 5 de mayo en Lorca, 6 en Alicante, 7 en Pamplona, 10 en Madrid, 11 en Tolosa y 12 en Benicassim